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Por César Álvarez, Profesor Adjunto de Derecho Público y Regulatorio en el IE

La universidad española atraviesa un momento clave. En un contexto global cada vez más cambiante, interconectado y altamente competitivo, nuestras instituciones de educación superior deben continuar siendo ambiciosas y esforzarse en evolucionar hacia un modelo más flexible y, a la vez, más exigente. Contamos con universidades históricas de prestigio y un personal docente e investigador altamente cualificado en términos generales, pero debemos perseverar en analizar el modelo y dar respuesta a nuevas necesidades si queremos que la universidad siga cumpliendo su misión de formar personas preparadas para afrontar los retos del futuro y mantener su papel activo como ascensor social.

Una de las transformaciones más urgentes pasa por flexibilizar el sistema y situar al alumno en el centro, como protagonista y receptor de una formación personalizada, en sintonía con la realidad profesional que le espera al finalizar sus estudios. Y es que el sistema vigente da una preponderancia clara a la estructura sobre las personas: en ocasiones se pierde en los trámites y deja en un segundo plano el aprendizaje real.

Uno de los desequilibrios más evidentes es el protagonismo de la investigación en la evaluación del profesorado. Las publicaciones científicas, especialmente en revistas indexadas, se han convertido en el principal criterio para consolidar una carrera académica. Este predominio de la investigación conlleva consecuencias directas sobre la docencia, que a menudo se ve relegada o incluso desatendida. Y, sin embargo, es en el aula donde más se reflexiona, se piensa, se aprende. Si los estudiantes no reciben una formación clara y bien comunicada por docentes comprometidos, difícilmente podrán desarrollar todo su potencial. Debemos incidir en la importancia de no dejar a los alumnos a merced de la memorización o del aprendizaje vacío, pues, como afirmaba Cicerón“vivere est cogitare”. Si vivir y pensar son sinónimos, entonces toda experiencia universitaria —cada clase, cada duda suscitada— debería convertirse en una invitación a la reflexión, al cuestionamiento, al análisis y, por ende, al descubrimiento.

Contamos con algunos ejemplos ilustrativos de esta realidad, como el que ofrece Países Bajos, que ha abordado esta problemática de manera clara y eficaz. La docencia universitaria exige formación pedagógica específica. Es lo que plantea el BKO (Basis Kwalificatie Onderwijs), un sello de calidad utilizado por las universidades del país que tiene como objetivo garantizar las habilidades didácticas de los docentes universitarios. Tales programas, con un itinerario nítido y exigente, se centran en abordar el diseño curricular, las herramientas pedagógicas y la comunicación de los contenidos por parte del profesor. Esto no solo eleva la calidad de la enseñanza, sino que transmite un mensaje institucional contundente: enseñar y transmitir adecuadamente el conocimiento es crucial. Incorporar mecanismos similares de formación pedagógica como requisito adicional evaluable en España podría ser una vía muy apropiada para situar realmente al alumno en el centro.

En este sentido, resulta especialmente ilustrativo el sistema conocido como shopping week, presente en universidades como Harvard o Yale. Durante los primeros días del semestre, los estudiantes pueden asistir a distintas clases sin necesidad de matricularse formalmente. Esta práctica les permite interesarse por diferentes asignaturas, conocer al profesorado y revisar el contenido antes de tomar una decisión. Es un ejemplo claro de cómo centrar la experiencia en el estudiante: se le otorga autonomía para construir su itinerario. En la misma línea, otros sistemas se fundamentan en el add/drop period, en los que los estudiantes se matriculan, pero disponen de un periodo de entre una y tres semanas (según la universidad) para abandonar una asignatura sin ser penalizados.

En contraste, el sistema español exige una matrícula definitiva antes de comenzar el curso, con muy poca flexibilidad posterior. Ello limita la adaptación de la formación a los intereses reales del estudiante y a la calidad de la docencia. Incorporar un periodo inicial de add/drop en nuestras universidades no solo reduciría abandonos y frustraciones, sino que incentivaría a los docentes a ofrecer clases claras, estructuradas y atractivas. Enseñar dejaría de ser un trámite para convertirse en un acto de compromiso con el aprendizaje.

Otro aspecto imprescindible de revisar es la desconexión entre la universidad y el mundo profesional. Como consecuencia directa, la empleabilidad se ve afectada, ya que un importante número de egresados se encuentran ante la paradoja de salir de la universidad con una sólida formación teórica, pero sin apenas experiencia práctica, sin habilidades transversales y, en ocasiones, un profundo desconocimiento del entorno laboral. Una vía para mitigar tal desconexión es el establecimiento de colaboraciones estructurales con empresas y administraciones públicas, de manera que las prácticas integradas sean una realidad tangible desde los primeros cursos.

En este camino hacia una universidad más conectada y dinámica, es asimismo conveniente revisar los criterios de acceso y promoción del profesorado. Actualmente, el sistema penaliza a quienes han desarrollado su carrera fuera del ámbito universitario. Son muchos los profesionales con trayectorias brillantes en administraciones públicas, organismos internacionales o en el sector privado, que pueden y deben aportar su sólido nivel de conocimiento, pero encuentran enormes barreras para incorporarse a la docencia si no cuentan con un historial académico tradicional. La excesiva rigidez del sistema excluye perfiles que podrían aportar una visión fresca y conectada con la realidad. Para que la universidad sea un reflejo fiel de la sociedad, debe incorporar perfiles diversos y reconocer como mérito la experiencia profesional, el liderazgo en políticas públicas, la dirección de proyectos y, por supuesto, la formación internacional.

En definitiva, reformar la universidad no es un capricho, sino una necesidad. La universidad ha de ser más flexible, pedagógicamente sólida, conectada con la realidad y abierta a la diversidad de perfiles y trayectorias.Una universidad que forme personas preparadas, no para repetir la experiencia del pasado, sino para imaginar y construir lo que aún no existe en un mundo en permanente cambio.

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