Por Xavier Prats Monné, Asesor de Teach For All
Cualquier sociedad moderna necesita constantemente nuevos conocimientos y pensamiento crítico. Al mismo tiempo, la complejidad de nuestras sociedades, los populismos y la crisis de legitimidad de las instituciones públicas indican que la universidad debe asumir un papel más estratégico y ambicioso en la resolución de los grandes retos de la sociedad. La universidad tiene un gran futuro, pero no será la universidad tal y como la conocemos.
Cómo está cambiando el paisaje universitario en Europa y en el mundo
La pandemia ha mostrado grandes carencias en las instituciones y sistemas educativos: en capital humano, estrategia, infraestructura y la tecnología, pocos países, organizaciones y sistemas estaban preparados para el impacto de la Covid-19. A corto plazo, el cese temporal de las actividades presenciales redujo la demanda de educación superior, y en consecuencia las desigualdades han aumentado dramáticamente; pero a medio plazo, hay dos tendencias globales:
- La sed de educación en la sociedad del conocimiento no tiene límites:
Continuará la extraordinaria expansión de la demanda de educación, de nuevas habilidades, internacionalización y movilidad física y virtual. Este auge de la demanda global, que las universidades tradicionales no podrán satisfacer por sí solas, provoca la llegada constante de nuevos actores en el sector, con diferentes grados de calidad. - La respuesta a la pandemia ha demostrado el potencial de las universidades, de la tecnología y de la cooperación científica interdisciplinaria para afrontar los retos ambientales y socioeconómicos, defender el pensamiento crítico y reducir las desigualdades.
El impacto de la tecnología
La relación entre educación y tecnología ha sido objeto de un intenso debate desde hace más de un siglo. Thomas Edison predijo, en 1913, que en diez años las escuelas ya no necesitarían libros: el cinematógrafo sería una inmejorable herramienta pedagógica. Desde entonces ha habido muchas discusiones y poco consenso sobre el impacto de la tecnología en la educación.
La pandemia ha resuelto este debate: la educación online e híbrida están aquí para quedarse, particularmente en el ámbito universitario. Sobre todo, una tendencia ya existente se ha vuelto imparable: las universidades pierden el monopolio de la creación, transmisión y certificación de conocimiento. Basta con comparar el mundo actual con el de hace 25 años:
- Sin Wikipedia, y ahora ChatGPT y los avances de la IA, la única fuente de
conocimiento era el profesor; - Sin Google, la única forma de transmitir conocimiento era la universidad;
- Sin Coursera, la única forma de certificación era la administración pública
El aprendizaje online y la IA crearán servicios y descubrirán nuevos públicos: estudiantes internacionales fuera del campus; perfiles demográficos más amplios; cursos modulares en lugar de titulaciones y programas completos; métodos inéditos de enseñanza y certificación. Nuestras sociedades vienen digitalizadas desde hace 25 años; con la pandemia, la educación y la universidad también se han digitalizado de repente: la tecnología ha invadido el único sector que todavía era insensible y, a veces, incluso le era indiferente: la educación.
La agenda política
La modernización de la educación superior debe ser un elemento central de una agenda estratégica basada en el progreso y el pensamiento crítico. Pero, si la universidad pierde el monopolio del conocimiento, ¿Para qué sirve una universidad en el siglo XXI? ¿Cómo debe preparar a los jóvenes para el mundo en el que vivirán y no para el pasado en el que hemos vivido?
Para responder a estas preguntas, y para que las universidades asuman un papel más estratégico y activo, no bastan cambios legislativos. Hoy las universidades de nuestro país tienen muchas dificultades para lograr su misión: en un ecosistema cada vez más conectado e interdisciplinar son instituciones complejas, organizadas verticalmente por departamentos y disciplinas, con objetivos contradictorios de investigación intensiva y enseñanza de calidad.
Además de ofrecer educación e investigación, la universidad puede ser una plataforma abierta y un referente de confianza y seguridad en la transmisión de conocimiento, en un mundo que pierde confianza en las instituciones públicas, en la cooperación multilateral y en el valor de la ciencia.
En lugar de dedicarse exclusivamente a una cohorte cautiva de jóvenes, la universidad debe servir a la sociedad a lo largo de la vida, aprovechar el potencial de la tecnología para la educación y la equidad, y utilizar la interacción entre tecnología y humanidades para resolver los retos de la sociedad. ¿Por qué ofrecer títulos de cuatro años a quintas menguantes de jóvenes, si todos los ciudadanos necesitan una subscripción que les dé acceso permanente al conocimiento?
Estos cambios parecen radicales, pero sabemos qué necesitan las universidades en España para poder desempeñar un papel más estratégico: más autonomía para poder definir sus prioridades, con menos restricciones administrativas y más recursos para conseguir impacto económico y social. A cambio, deben ofrecer más rendición de cuentas: asumir más responsabilidad por sus resultados y demostrar su utilidad para la sociedad.
No se trata de crear un modelo de gobernanza único sino plural, que responda a una realidad territorial diversa ya propósitos también distintos. Los intentos sucesivos de reforma universitaria demuestran que los poderes públicos y el propio sistema universitario por sí solos no tienen la capacidad y ni siquiera la legitimidad para implementar cambios radicales en la educación. Reformar es posible, pero es necesaria una voluntad colectiva de cambio y el compromiso de la sociedad civil.
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