La maternidad: sostén social, responsabilidad colectiva
Cuando una mujer se convierte en madre por primera vez, apenas puede anticipar el alcance del cambio que está a punto de vivir. Intuye que su vida se transformará, pero no en qué medida afectará a su pareja, a su trabajo, a su tiempo, a su cuerpo o a su salud mental. Ha visto madres a su alrededor, ha observado escenas cotidianas, ha escuchado relatos. Pero nada prepara realmente para la experiencia en primera persona.
A medida que se adentra en la crianza, muchas mujeres descubren lo que podría llamarse un “universo paralelo”. Un mundo que coexiste con el sistema económico y social en el que todos vivimos, pero que permanece invisible. Invisible para la mayoría, salvo para quienes lo habitan: las madres.
En ese universo paralelo se revelan realidades que los datos confirman. La última encuesta de la ONG internacional Make Mothers Matter, realizada a casi 10.000 madres en 12 países europeos —entre ellos España— muestra con claridad esta invisibilidad estructural (que es aún más acuciante en el caso de madres solteras, madres de hijos con necesidades especiales o madres con discapacidad).
En primer lugar, las bajas de maternidad no son suficientes para muchas mujeres. Un 37% de las madres españolas encuestadas considera que el tiempo de permiso no permite recuperarse adecuadamente del profundo proceso de transformación física, emocional, psicológica y social que implica traer un bebé al mundo. Este proceso tiene nombre: “matrescencia”, término acuñado por la antropóloga médica Dana Raphael y desarrollado posteriormente por especialistas en salud mental materna. Sin embargo, esta transición vital apenas se tiene en cuenta en nuestras políticas públicas. Tampoco se considera suficientemente la diada madre-bebé como una unidad que necesita tiempo y apoyo.
En segundo lugar, el mundo laboral no está diseñado para las madres ni, en general, para quienes asumen responsabilidades de cuidado. La adaptación recae mayoritariamente sobre ellas. El 55% de las madres europeas encuestadas afirma haber modificado su situación laboral tras la maternidad (50% en el caso de España), y un 23% redujo sus horas de trabajo (18% en España). Más de una de cada cuatro madres (27%) declara que la maternidad ha tenido un impacto negativo en su carrera profesional: menores ingresos, menos oportunidades de promoción, mayor presión para demostrar su compromiso o incluso pérdida del empleo.
Además, la maternidad tiene consecuencias económicas a largo plazo. Las interrupciones de carrera, las reducciones de jornada y la precarización derivan en menores cotizaciones y contribuyen a la brecha de pensiones entre hombres y mujeres.
Como consecuencia de este sistema en el que ellas se ajustan, muchas mujeres terminan asumiendo la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados. En los países estudiados, hasta un 70% de las madres declara realizar sola estas tareas, independientemente de si trabaja o no fuera de casa. La llamada “doble jornada” no es una metáfora: es una realidad cotidiana.
El impacto no es sólo profesional. Es también emocional. Un 57% de las madres españolas encuestadas afirma haber sufrido problemas de salud mental —depresión, ansiedad, burn-out o depresión posparto— y un 78% se declara sobrecargada. Esta sobrecarga no es fruto de una debilidad individual, sino de un desequilibrio estructural.
Las madres están sobrecargadas de sostener, en gran medida y sin reconocimiento, la base misma de nuestra sociedad: el 47% de las españolas encuestadas por Make Mothers Matter afirma no sentirse valorada. El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado —realizado mayoritariamente por mujeres— equivaldría a entre un 10% y un 40% del PIB si se contabilizara. Pero como no se mide, no cuenta; y al no contar, se invisibiliza. Sobre esa economía sumergida del cuidado descansa el resto del sistema.
Pero esta realidad no es inevitable. La maternidad no debería ser una responsabilidad privada cuando su resultado es profundamente social. Las madres traen al mundo, cuidan y educan a las nuevas generaciones que sostendrán nuestras comunidades, trabajarán, innovarán y contribuirán al bienestar colectivo.
¿Cómo puede considerarse entonces una cuestión meramente individual?
Necesitamos un enfoque verdaderamente social de la maternidad: políticas públicas que respondan a las necesidades reales de las madres y reconozcan el valor del cuidado; empresas que promuevan una conciliación corresponsable para mujeres y hombres; sistemas de salud que integren la dimensión física y mental de la maternidad; comunidades que apoyen activamente a quienes crían.
Estas palabras, datos y reflexiones, aunque puedan parecer pesimistas, nacen de la responsabilidad de nombrar una realidad compartida. Pretenden aportar contexto y conciencia: para que las mujeres que aún no son madres puedan decidir con información y libertad; para que quienes ya lo son entiendan que muchas de sus cargas no responden a fallos individuales, sino a dinámicas estructurales; y para que la sociedad en su conjunto —hombres y mujeres— reconozca el valor del cuidado y actúe en consecuencia, tanto en los gestos cotidianos como en los cambios profundos que siguen pendientes.
Las mujeres deberían poder decidir si quieren ser madres, cuándo y cómo, sin que ello suponga perder salud, autonomía o independencia económica. Y eso solo será posible cuando entendamos, de una vez por todas, que la maternidad no es un asunto privado, sino un pilar social que merece apoyo, reconocimiento y corresponsabilidad colectiva.