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Por la Dra. Cecilia Kindelán, Directora Executive MBA de ESIC University

Con nuestra atención puesta en Estados Unidos y sin apenas hacer ruido, el pasado 25 de enero entró en vigor la primera legislación integral sobre Inteligencia Artificial (IA) en el mundo, conocida formalmente como el Reglamento (UE) 2024/1689. La Unión Europea (UE), muy consciente de cómo esta tecnología está alterando la sociedad, ha reaccionado rápido asumiendo el liderazgo. De momento, solo un liderazgo desde el punto de vista regulatorio. Porque no nos engañemos, quien realmente se está posicionando para llevar la delantera es China. El gigante asiático, a través de DeepSeek, la IA que ha desarrollado, está desafiando a la industria global. Este escenario exige que Europa reaccione para mantenerse a la vanguardia en la carrera por la innovación tecnológica y no solo en su regulación.

A nuestro alrededor existen numerosas aplicaciones dirigidas a facilitarnos la vida con este tipo de tecnología, una tendencia que irá en aumento progresivamente. Junto a este desarrollo exponencial de la IA, no debemos dejar de lado los aspectos éticos de su explotación y, en concreto, los sesgos que pueden formar parte de estas futuras aplicaciones. La ética es la voluntad de prevenir este daño y promover hacer el bien. Para proteger el futuro, necesitamos hacer las cosas bien hoy, porque las medidas que tomemos ahora dictan dónde terminaremos mañana.

Cada día tomamos muchas decisiones y, la mayoría de las veces, sin saberlo, estos juicios están sesgados. Para evitar esto, es necesario crear métodos de medición, matrices y estadísticas correctas para poder obtener un resultado que contemple a toda nuestra sociedad, incluyendo las minorías, evitando los posibles errores de clasificación. Con unas pocas líneas de código podemos conseguir un sistema de IA, pero evitar los errores de sesgo requiere un esfuerzo mayor y, sobre todo, la necesidad de reflexionar sobre el contexto.

Para las empresas, el uso del análisis de datos supone una ventaja competitiva, puesto que proporciona mucha información para poder tomar decisiones más eficaces, pero tenemos que asegurarnos de que el sistema de datos introducidos contempla al conjunto de la sociedadLa IA no es neutral. Las decisiones basadas en la IA son susceptibles a resultados discriminatorios, inexactos y con sesgos insertados. El peligro de hacer una programación rápida y sin reflexión es que aparezcan otro tipo de problemas que puedan afectar al negocio. Se podría perder la confianza del consumidor o encontrarse con problemas legales. Los ingenieros deberían ser capaces de explicar, en términos relativamente sencillos, por qué sus complejos algoritmos llegan a unas conclusiones determinadas.

Nuestro algoritmo es: “Innovación Responsable” + “Ejecución Inteligente” = “Éxito Sostenible”.

Al final, el objetivo debe ser el de la cooperación entre la tecnología y el hombre. Aprovechar las ventajas del algoritmo (ve más que nosotros), pero combinarlo con nuestra experiencia profesional (por ejemplo, como un médico).

Es cierto que ha habido un debate importante sobre los riesgos que plantea la inteligencia artificial para la humanidad, especialmente motivado por el concepto de “machine learning”. Esta noción está relacionada con el aprendizaje automático y profundo, por el que las máquinas procesan y analizan información de una manera muy sofisticada y aprenden por sí mismas a realizar funciones complejas que antes eran exclusivas de los humanos. Pero el riesgo de esto es que la programación que generan se convierte en una especie de caja negra para los humanos, por lo que, al no entenderla, no podemos intervenir en ella. La IA desdibuja los límites entre la máquina y el hombre.

Tomar conciencia de las posibles consecuencias es lo que nos permite abordar cuestiones éticas desde el principio y no esperar cuando ya no tengamos opción. Debemos aspirar a una IA que apoye a la humanidad, y esto implica que los valores humanos estén en el centro de su desarrollo. A veces, los temores están bien fundados y, otras, no, pero, de cualquier manera, disipemos la ansiedad en torno a la IA y centrémonos en lo bueno que nos puede aportar, porque lo que es cierto es que el genio de la nueva tecnología no puede volver a meterse en la botella. Todo lo que podemos hacer es aprender a usarlo sabiamente y en beneficio de la humanidad.

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